Las puertas sirven para delimitar una frontera, para marcar el punto en el que se separan el interior y el exterior, para dividir el espacio en zonas en cierto modo abstractas: el aquí y el allí. Más que una barrera arquitectónica real, una puerta (y por asociación, un umbral) es una barrera mental o psicológica, e incluso, si se quiere, afectiva.
Desde que el hombre se asienta en espacios más o menos cerrados, construye límites arquitectónicos que acotan y determinan su existencia. Tenemos una catalogación general de nuestro entorno: el hogar y el no-hogar. En este contexto, la puerta funciona como un elemento de carácter simbólico, en función del cual articulamos en cierto modo nuestra relación con el espacio.
En cualquier caso, una puerta cerrada engendra siempre un discurso de enmascaramiento. Siempre es un velo que oculta el otro lado, y como tal, demanda ser desvelado, y para esto, recurrimos a las mirillas, mirillas en las puertas que dan al exterior y son un instrumento para observar lo ajeno, para asegurarse de qué es lo que hay detrás, y qué naturaleza tiene lo que nos acecha tras la puerta. Son un instrumento de voyeurismo.
Pero sobre todo, intento explorar los límites entre realidad y ficción, las paradojas entre lo que sabemos y lo que vemos. Crear profundidad y espacio donde no lo hay es una forma de afrontar esta cuestión. Desde siempre el trampantojo ha sido un recurso fiel a este discurso: la inmersión de lo real en el interior de la obra.